Miedo y asco en Las Vegas

Hay una ley no escrita en la genética de todo estadounidense, y wannabe, que consiste en que al menos, una vez en la vida, éste debe peregrinar a su meca sagrada de perdición y despiporre. Las Vegas.

Puede ser por una despedida de soltero / a, fiesta de coleguitas, porque le gusta el poker o simplemente para gastarse los ahorros de toda una vida. Pero el caso es que es necesario para ellos disfrutar del don que dios les ha dado: Un estado donde el juego es legal (Aunque curiosamente no así la prostitución, salvo que vayas a un condado vecino)

Y en el año 1941 no había nada salvo desierto, caminos, una fortificación y alguna chabola, y Adán llegó y colocó su primera piedra. El Flamingo florecía. Los primeros peregrinos empezaron a ver esa ciudad sagrada como un diamante en bruto. Aunque no fué hasta la construcción de los siguientes templos cuando la zona se convirtió en un paraiso terrenal para los fervientes creyentes. Alrededor del 1950 ya no había más desierto en esa zona. Todo un oasis de perdición y lujuria, que consimía más kilowatios que una cuarta parte de África, y que necesitaba camiones y caminones de agua para funcionar (recordemos que se encontraba en un desierto). En lugar de graznidos de cuervos, se empezaban a oir las voces de Elvis, Sinatra, y más recientemente, Celine Dion o Cher.
Las Vegas había nacido, y se iba a quedar por mucho tiempo. La gente amaba esa zona, y sabía que, al menos una vez en la vida, abandonarían sus aburridos puestos de gente normal para ir a desfasar, a hacer todo lo que normalmente no está permitido.

Es una ciudad donde permantentemente es de noche. Se han encargado de retar al lorenzo, eliminando cualquier rastro de relojes y ventanas al exterior. Afuera, en el desierto, el sol azota con fuerza, pero dentro siempre es sábado a las 4 de la mañana. Las bailarias se desnudan continuamente, y el alcohol fluye, como el agua que sale de la presa Hoover hacia el Colorado. Presa que provee parte de la electricidad de la ciudad.
Los casinos han sido construidos para que nadie sepa salir de ellos, y para que en cada esquina haya una oportunidad de gastar dinero, o de ganar como dicen ellos. Pero lo cierto es que muy pocos ganan en realidad. Los propietarios, y las strippers, que por 40 dolares te enseñan su pollo teriyaki.

El juego y los casinos son también el paraiso de los estadístas. Gauss, Friendman, o Nash demuestran que, tirada tras tirada, jugada tras jugada, lo único que consigue el jugador es la líbido y la adrenalina de lo que se está jugando, pero muy pocas veces en realidad, gana. Apuestas de 500$ o mucho más, propinas de 30$, gestos de desprecio y caras de pasimonia.

El dinero ya no vale lo mismo. En el momento en el que cruzas el cartel de “Bienvenido a las Vegas”, la forma de verlo cambia radicalmente. Pasa de ser una herramienta, a un metal a desperdiciar. De un medio a un fin, algo que te va a producir placer per se. Lo malo es, que con una sola de las muchas apuestas por minuto que se realizan en cada uno de los casinos de la ciudad, podríamos dar de comer a toda una familia en África.
El el mundo exterior, el dinero otorga la felicidad a mucha gente, al permitirles comprar bienes. En el mundo de Las Vegas, el dinero produce felicidad simplemente por perderlo o ganarlo. Si la definición fuera tiene poco sentido, dentro tiene menos.

La pregunta es si, alguna vez, alguien allá arriba se dará cuenta del toro dorado que ha sido construido en esta moderna Sodoma y Gomorra, y un diluvio no tan universal rompa la famosa presa, y esta vez, ni siquiera Noe y sus cabras levanten cabeza, porque también estaba jugando al poker.

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